miércoles, 22 de julio de 2015

Salem's Lot*


 Algo le había despertado.
  Se quedó inmóvil en la oscuridad palpitante, mirando el techo.
  Un ruido. Se oía un ruido. Pero la casa estaba en silencio.
  Otra vez. Como si rascaran.
  Mark Petrie se dio la vuelta en la cama y miró por la ventana, y ahí estaba Danny Glick con los ojos fijos en él a través del cristal, con la cara de una palidez sepulcral, los ojos desencajados y enrojecidos. Tenía los labios y el mentón embadurnados con alguna sustancia oscura, y cuando vio que Mark le miraba le sonrió, mostrando unos dientes horriblemente largos y agudos.
—Déjame entrar —susurró.

  Mark no estaba seguro de si las palabras habían atravesado el aire oscuro o sonaban sólo dentro de su cabeza.

 Se dio cuenta de que estaba asustado, y de que su cuerpo lo había sabido antes que su mente. Jamás había estado tan asustado, ni siquiera cuando se cansó de nadar al volver de la boya de Pop-ham Beach y creyó que se ahogaría. Su mente, que en cierto modo seguía siendo la de un niño, hizo en pocos segundos un balance de su situación. El peligro que corría era más que peligro de muerte.

—Déjame entrar, Mark. Quiero jugar contigo.

  No había nada donde pudiera sostenerse ese ente abominable que estaba del otro lado de la ventana, la habitación de Mark estaba en el piso de arriba, y la ventana no tenía alféizar. Sin embargo, de alguna manera se mantenía suspendido en el vacío, o tal vez estaba aferrado a los ladrillos como un oscuro insecto.

  —Mark... por fin he podido venir. Por favor...

  Claro. Uno tiene que invitarles a entrar, pensó Mark.
 Mark lo sabía por sus revistas de monstruos, las que su madre temía que pudieran trastornarlo de alguna manera.
 Al levantarse de la cama, casi se cayó. Sólo entonces se dio cuenta de que miedo era una palabra demasiado débil para eso. Ni siquiera terror servía para expresar lo que sentía. El pálido rostro que lo miraba desde fuera procuraba sonreír, pero llevaba demasiado tiempo en las tinieblas para recordar cómo se hacía. Lo que Mark veía era una mueca crispada, una sangrienta máscara de tragedia.
  Sin embargo, si uno le miraba a los ojos, no era tan terrible. Si uno le miraba a los ojos, ya no tenía tanto miedo y comprendía que todo lo que tenía que hacer era abrir la ventana y decir «Entra, Danny», y que entonces ya no tendría más miedo porque sería lo mismo que Danny y que todos ellos, y lo mismo que ÉL sería...
  ¡No! ¡Así es como te atrapan!
  Apartó los ojos, y para hacerlo necesitó de toda su fuerza de voluntad.

  —¡Mark, déjame entrar! ¡Te lo ordeno! \Él lo ordena!

  Mark empezó otra vez a caminar hacia la ventana. Era imposible de evitar. No había manera de negar esa voz. A medida que se aproximaba al cristal, el maligno rostro infantil empezó a convulsionarse y a hacer horribles muecas, ansiosamente. Las uñas, negras de tierra, rascaban el cristal de la ventana.
Piensa en algo. ¡Rápido!, se ordenó Mark.

  —El arzobispo de Constantinopla —susurró roncamente—. El arzobispo de Constantinopla se quiere desarzobispoconstantinopolizar. El desarzobispoconstantinopolizador que lo desarzobispoconstantinopolice buen desarzobispoconstantinopolizador será.
 Danny Glick, con la mirada fija en él, emitía un sonido sibilante.

  —¡Mark! ¡Abre la ventana!

  —En un plato de patatas...

  —La ventana, Mark, \ÉL lo manda!

  —... tres tristes tigres comen trigo.

  Se sentía debilitar. Esa voz susurrante estaba atravesando sus defensas, y la orden era imperativa. Los ojos de Mark se fijaron en su escritorio, atestado de monstruos de juguete que ahora parecían tan ingenuos y estúpidos... Y al reparar de pronto en una de las figuras, se hicieron más grandes.
  El vampiro de plástico se paseaba por un camposanto de plástico, y uno de los monumentos tenía forma de cruz.
 Sin detenerse a pensarlo ni considerarlo (cosas ambas que se le habrían ocurrido a un adulto, a su padre, por ejemplo, y que para él habrían sido la rutina), Mark arrancó la cruz, la empuñó con firmeza y dijo:

  —Pues entra, entonces.

  El rostro esbozó una astuta expresión de triunfo. La ventana se abrió y Danny entró en la habitación y dio dos pasos. La exhalación de la boca abierta era fétida; el hedor de un osario. Las manos blancas, frías como peces, se apoyaron en los hombros de Mark. Su cabeza se inclinó como la de un perro mientras el labio superior se elevaba sobre los colmillos resplandecientes.
  Con un gesto decidido, Mark levantó la cruz de plástico y la apoyó contra la mejilla de Danny Glick.
  El alarido fue horrible, sobrenatural... y silencioso. Sólo despertó ecos en los corredores de su cerebro y en las cámaras de su alma. En aquello que era el rostro de Glick, la sonrisa de triunfo se transformó en una desesperada mueca de agonía. De la carne pálida empezó a brotar humo y durante un momento, antes de que la criatura se retorciera, a medias arrojándose, a medias cayendo por la ventana,
  Mark sintió que la carne cedía como si fuera humo.
  De pronto todo terminó, como si jamás hubiera sucedido.
  Pero por un momento la cruz resplandeció con una luz incandescente, como si la iluminara un fuego interior.
  Mark oyó el clic inconfundible de la lámpara al encenderse en el dormitorio de sus padres, y la voz de su padre:

  —¿Qué demonios ha sido eso?

Stephen King - El misterio de Salem's Lot (1975).

*Fragmento
Libro de Sthephen King que fue adaptado para serie de Tv en 1979. Aunque siempre será mejor leer los libros que mirar las películas, hay que reconocer que ésta escena donde Danny Glick (ya convertido en vampiro) le pide abrir la ventana a Mark Petrie, es considerada de culto por muchos amantes del cine de terror, además de haber sido la pesadilla más recurrente de muchos niños y pubertos de la década de los 80 (me incluyo), quiénes no podíamos dormir con la ventana abierta o sin ponernos las cobijas hasta el cuello por las noches.
Les dejo el link para que puedan ver completa la serie (clic acá).
Les dejo el link para que se lean el libro (clic acá).






martes, 21 de julio de 2015

28. Andares de Ganapán*

 Ésta es una de las teorías mías, de cuando me pongo a pensar. Cada vez pienso más, porque ando sin laburo, ¿sabe? Pienso: y yo, ¿qué tengo? ¿Qué es lo mío? ¿Qué soy yo? ¿Carne bautizada, nomás? Me meto adentro mío y avanzo, avanzo, y van apareciendo personas que yo quería, y sigo avanzando y sigo y sigo pero me da miedo, porque yo sé que a la final de esos corredores de mi alma no hay nadie y que existimos por la pura casualidad de las cosas. ¿Qué habría pasado si mi papá y mi mamá no se juntaban una noche de carnaval? ¿Estaría yo, acá? Me habría muerto sin nacer, pongo por caso. ¿Y quién estaría en mi lugar? ¿Eh? Porque en el fondo, yo no sé quién soy ni de dónde soy. Hay alguien que lo sabe, pero no soy yo. Yo sé que esta vida que llevo no es la mía. Pero, ¿cuál es la mía? Eso lo ignoro, yo. Esta vida que llevo no tiene música. De tanto sentir pena, ya me están doliendo las costillas. 

 Una de las maldiciones mías está en que no tengo nada. Todo lo que yo tuve se me fue. La mujer que yo más quise, la Pitanga, que con ella me sentía como un sabio atómico, se pudrió de comer huesos y se fue. A dos de mis hijos, ¿cuánto hace que no los veo? A la radio la empeñé, con Gardel adentro, y empeñé la boleta también. El ropero, me lo sacaron faltando un par de cuotas. El anillo de casado no lo perdí, porque nunca tuve. A la armónica, que para mí era como el cigarro o más, muy necesaria para empezar el día, la agarró la gurisita mía, la menor, la que es operada, y con un tenedor se puso a revolver adentro de los agujeritos y dejó todas las latas retorcidas. Vale como cinco mil pesos la armónica, caigasé de espaldas, María, por la cuestión ésta del dólar. Los zapatos que llevo puestos, usted los está viendo, Virgen Santa, lo cadáveres que están. La otra tarde entré en la iglesia con estos zapatos en una mano, y el cura: “No se puede entrar descalzo en la iglesia”, me dijo. “Si me los pongo es mentira”, le dije. “Yo vengo a pedirle ayuda a Dios”, le dije, “y como usted es el delegado de Él, en una de esas Él le da la orden de regalarme un par de zapatos nuevos”. “¿Cuánto hace que no se confiesa, buen hombre?”, va y me pregunta. “¿Cuánto hace que no comulga?” Y yo voy y le contesto: “Veinticinco años”. Me dio azúcar. Yo precisaba zapatos y me dio azúcar...

Eduardo Galeano - La canción de nosotros.

*Fragmento





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