Un profesional

Llueve muerte.
En el moridero caen los colombianos por bala o por cuchillo,
por machetazo o por garrotazo,
por horca o por fuego,
por bomba del cielo o por mina del suelo.
En la selva de Urabá, en alguna orilla de los ríos Perancho o Peranchito, en su casa de palo y palma, una mujer llamada Eligia se abanica contra el calor y los mosquitos, y contra el miedo también.
Y mientras el abanico aletea, ella dice, en voz alta:
-Qué rico sería morir naturalmente.

 Fue cimiento de su hogar, bastón de su madre, escudo de sus hermanas.

 Al fondo de la casa, al final del largo corredor, había un altar consagrado a la Virgen. Allí recogía sus balas, sus balas rezadas, sumergidas en la pila de agua bendita, y se ataba el escapulario al pecho, antes de marcharse a cumplir un servicio. Y allí quedaban, clavadas de rodillas ante el altar, la madre y las hermanas. Durante horas y horas, desgranaban rosarios suplicando una ayudita a la Milagrosa, para que el trabajo del muchacho saliera bien.

 Sus labores le ganaron fama y respeto en las calles de Corinto y en otros pueblos y ciudades del valle del Cauca. En toda Colombia no, porque la competencia era mucha. Vivió emplomando gente, y emplomado murió.

 Salvo los cuatro tiros a su mujer, que fue cosa suya, siempre mató por cuenta de otros. Metió bala por encargo de empresarios, generales, herederos y maridos.

 –Que nadie vaya a pensar mal –decía–. Yo lo hago por dinero.


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