Eduardo Galeano - Introducción a la música


1.

 Julio está en casa. Tuvo que irse de Montevideo. Se lo llevaron preso por séptima vez y tuvo que irse. Anda sin plata y sin ganas; no encuentra trabajo.

 Esta noche hemos comido milanesas con ensalada, que él preparó, y hemos bebido vino.

 Julio se tiende en la cama y fuma. Yo quisiera escucharlo y ayudarlo, pero se calla, se niega a convidarme con dolores. Yo mismo estoy hecho una sombra boba. No despierto las cosas al tocarlas: se me caen de las manos.

 Elijo un disco de barrocos italianos. No sé cuándo lo compré, ni con quién; no recuerdo haberlo escuchado.

 Albinoni llega en el momento preciso.

 Celebramos la melodía, la tarareamos en voz alta; el cuarto se nos llena súbitamente de buenas noticias.

2.

 Me viene a la cabeza una de las historias de Paco Espinóla.

 Me parece escucharlo, a Paco: la vocecilla tosida, arrastrada, el pucho sin brasa colgándole del labio, en las ruedas de fogón o de café hasta la madrugada. En los alrededores de San José había un curandero, negro, viejo, analfabeto, que Paco había conocido allá en la infancia. El hombre atendía sentado bajo un ombú. Se ponía anteojos para examinar a sus pacientes con ojos de doctor y para hacer como que leía el diario.

 Todo el pueblo lo respetaba y lo quería. Como buen curandero de ley, el negro sabía salvar con yuyos y con misterios.

 Una tarde le trajeron a una enferma que estaba a la miseria. Era pura piel y huesos, la muchacha: muy pálida, la mirada sin luz, había perdido el hambre y estaba muda y sin fuerzas ni para caminar.

 El negro hizo una seña y se arrimaron al árbol los padres y el hermano.

 Él, sentado, meditaba; ellos, parados, esperaban.

 Familia -dijo, por fin. Y diagnosticó:

 Esta muchacha tiene el alma toda desparramada.

 Y recetó:

 -Se precisa música pa rejuntársela.




"A mí me hicieron de barro, pero también de tiempo  Desde que era gurí, supe que en el Paraíso no existía la memoria. Adán y Eva no tenían pasado.  ¿Se puede vivir cada día como si fuera el primero?" Eduardo Galeano
Esta frase pertenece al libro
"Días y noches de amor y de guerra" de Eduardo Galeano.


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