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lunes, 12 de enero de 2015

Sucedidos/2

 Antaño don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte, para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dice, en el pueblo por él nacido.

 Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.

 Una vez por mes, el viejecito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.

 Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.

 Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto, el ataque de las ganzúas.

 Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejecito había recibido todo a lo largo de su larga vida.

 Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente, decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.

 Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejecito se sentaba a lo alto de la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejecito se echaba a correr.

 El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano.

 Y hasta san Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de alegría de recibir palabras de mujer.

Eduardo Galeano - El libro de los abrazos.





2 Comentarios:

  1. Que belleza, así es , las nostalgias nostálgicas de fundamentar elnamor no sólo en ilusiones, sino en recuerdos!

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  2. LADRILLOS DE LA BELLEZA
    Manuel Graña Etcheverry
    Dentro de tu cabeza,
    que tiene pocos centímetros de diámetro,
    cabe un megaparsec,
    o sea más de tres millones de años luz,
    y algo más de doscientos mil siriómetros
    (y no importa que me haya equivocado
    en las cuentas).
    Tú puedes fraccionar esa distancia
    en kilómetros, en metros, y hasta en micromicrones.
    Puedes reducir todas las cosas
    a porciones minúsculas:
    los cuerpos a moléculas,
    y a átomos,
    y escandir más allá, hasta mínimas nadas.
    También puedes fraccionar los volúmenes
    y expresarlos con números y exponentes.
    Puedes desmenuzar
    el ritmo de una melodía,
    o de un verso,
    y reducirlos a esas partes componentes
    cuya sucesión te produce
    aquella necesidad de retorno de que hablan los tratadistas.
    Pero dime, tú que buscas los gránulos mínimos,
    los componentes básicos,
    los menudos ladrillos invisibles
    de las cosas,
    dime cuál es la menor partícula,
    cuál es aquel ingrediente
    primigenio e infracelular
    que sumado a otro
    y a un puñado de iguales -o distintos-
    hace resplandecer de pronto la belleza
    en la forma de un rostro,
    de un cuadro o de una estatua
    o de un poco de tinta en un papel.

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