Para la cátedra de la religión

 Cuando llegué a Roma por primera vez, yo ya no creía en Dios, y no tenía más que a la tierra por único cielo y único infierno. Pero no guardaba un mal recuerdo del Dios padre de los años de mi infancia, y en mis adentros seguía ocupando un lugar entrañable el Dios hijo, el rebelde de Galilea que había desafiado a la ciudad imperial donde yo estaba aterrizando en aquel avión de Alitalia. Del Espíritu Santo, lo confieso, poco o nada me había quedado: apenas el vago recuerdo de una paloma blanca de alas desplegadas, que caía en picada y embarazaba a las vírgenes.

 No bien entré al aeropuerto de Roma, un gran cartel me golpeó los ojos:

 BANCO DEL ESPÍRITU SANTO.

 Yo era muy joven, y me impresionó enterarme de que la paloma andaba en eso.



Los mejores relatos y frases
de Eduardo Galeano.


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