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sábado, 10 de octubre de 2015

Los hijos/3

Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.

La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinería.

Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.

La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:

- Andá, decime.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.

Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.

Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.
 
Eduardo Galeano - Días y noches de amor y de guerra.





1 Comentarios:

  1. Dios es sordo y se equivoca seguido. A veces comete errores imperdonables. No sé hasta que punto es Dios. Sólo que exista en mi mente como idea. Cuando enfermó mi hijo, que recién había sido padre de una pequeña niña de 5 meses y que había esperado por diez años, yo le pedí que me llevara a mí porque yo ya había vivido muchos años. Pero no me escuchó y se robó mi hijo. Ha los seis meses de que mi hijo se fuera con Dios, su exmujer se fue a vivir con otro hombre y se llevó mi nieta, esa hija tan esperada por ese papá tan buen hombre, cuando apenas tenía un año. Este marido de su madre desde ese día, no trabajó nunca más. Permanecía cuidando mi pequeña mientras su esposa era quien trabajaba. Así pasaron diez años. Este marido siempre es un hombre violento que le gusta el trago. Sigue sin trabajar, hecho que se le hizo costumbre. Hace más de dos meses que no me permite ver a mi pequeña. Me niega mis llamados telefónicos. Cuando tenemos suerte, ella y yo, hablamos dos o tres minutos. Ella me extraña y yo también. Por eso digo que Dios es sordo y que comete errores imperdonables...

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