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By Radio Saudade. Con la tecnología de Blogger.

martes, 1 de abril de 2014

El tipo que creía en el sol

y todo a media luz
a media luz los dos
a media luz los besos
a media luz de amor

El tipo era de ese tipo de gente. Aunque no se sabía bien la letra, y las cambiaba todas, era de esa gente que creía en los tangos. Y un tipo que cree en los tangos es un tipo con el que hay que tener cuidado.

Este Gardel cotidiano que a veces se desdoblaba

en Bartolomé Masó
en Toña la de Veracruz
en el increíble Mozart
en uno de los Beatles
(o en los cuatro a la vez)
en Rimsky Korsakov
en Méndez,José Antonio
o en Peza, Juan de Dios

―este Gardel cotidiano, tenía tremenda fe en el dado. Era de esa gente. Que creía. Creía en las posibilidades, aunque estuvieran encaramadas en el lomo de Rocinante. Era de esa gente. De ese tipo de gente que si su equipo tenía tres carreras abajo, el noveno inning, nadie en base con dos outs, oscureciendo y empezando a llover, decía:

―Ahora, tú verás cómo empatamos.

Y bueno, con un tipo así no se puede, con un tipo así todo es posible.

Por eso un día ¡se le ocurrió enlatar el Sol! No sabía cómo hacerlo. Pero sabia, intuía, presentía, creía que se podría hacer. Y eso era suficiente. ¡Qué vacilón!

¡Enlatar el Sol! Meterlo en laticas. Y ponerle una etiqueta:

Tropical sunshine.
Genuine.
Abra por la línea de puntos.
250 gramos de cálido sol tropical.
Tibio y sensual.
Radiante y juguetón.
No guardar en lugar fresco.

¡Qué vacilón! Coger todo el Sol que sobre. El de la acera del Sol, por donde nadie camina. El de las doce del día, que hace arder la guardarraya. O el que cae pesadamente en los tramos de la costa, calentando el diente perro. Todo ese Sol. Y mandarlo para allá afuera. A Europa. En invierno. Que es cuando el sol se pierde y no hay quien se empate con él.

¡Excelente renglón de exportación! ¡Qué vacilón!

Y con su latica bajo el brazo salió a vender su idea. A persuadir. A convencer. A trasmitir con el brillo de los ojos la posibilidad de lo posible.

Pero por cosas del azar no dio con los receptivos.

Esos
que cuando escarban la tierra con los dedos
ni piensan en la higiene de las uñas
solamente en la semilla
esos
que si tienen que ir a pie hasta Santiago
se llevan una buena tumbadora
Dio con los otros.
esos
que están hechos de suave plastilina
y se amoldan a cualquier orientación
sobre todo cuando es del inmediato superior
que prefieren la orillita de la playa
y se pierden el azul que hay en lo hondo
esa gente que camina despacito por la vida
y prefiere tocar bola
a arriesgar un hit-and-run
que ven fantasmas en la noche de trasluz
y se detiene a mirar las ramas muertas del rosal
esos que sólo ven el arcoiris
cuando llueve
nada más

Se puso fatal. Con esa gente, casualmente, se empató. Con los precavidos. Los comprimidos. Los monocromáticos y calculosos. Los plastilínicos y siempre dudosos.

Y, claro, le dijeron ne, niente, never. A otra cosa mariposa. Primero le analizaron la idea. Mmm… ¿Enlatar el Sol? La calcularon. La estudiaron. La batieron. La exprimieron y la plancharon.

Y lo que es peor, trataron de convencerlo. De persuadirlo. De frenarlo. De calmarlo. De clavarle los pies sobre la tierra. Y echarle cal. Y arena. Y piedras. A ver si estaba quieto. Y se dejaba de tanta bobería. Y le dijeron –en tono serio, profundo, profesoral y definitivo:

Chico
pero si es que tú no tienes nada
una idea nada más
y entusiasmo
y una gran imaginación
―que eso es bueno―
y constancia
y dedicación
y un maravilloso optimismo
pero tú no tienes nada
una lata
y una idea nada más

Hicieron lo peor que se le puede hacer a un tipo. Aplastarle la ilusión. Romperle en dos el entusiasmo. Plancharle la esperanza.

Y el tipo que creía en el Sol –del encabronamiento que cogió― rompió la lata de un piñazo y se quedó pensando en el Quijote.

y entonces
súbitamente
de aquella latica chiquitica
lenta
lentamente
empezó a amanecer.

H. Zumbado






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    Hubiera bastado el roce de una pluma sobre su pecho,
    para que su corazón astillado, frágil,
    reseco no de sangre, sino de lágrimas,
    se desmoronara infinitamente en el tiempo.

    No lo astilló la envidia, ni la codicia,
    lo astilló el tiempo, la indiferencia, el desamor.
    Lo astillaron los sueños, y las realidades;
    por tan maravillosos los unos,
    por las otras tan fatales.

    Lo astilló la ilusión, y el miedo de ya no ser.
    Se revolcó en el dolor,
    lloró, lloró, lloró.
    Cuando se vació de lágrimas,
    se ahuecó su pecho,
    quedó un espacio libre, vacío, infinito,
    se sentó en el borde de ese hueco,
    miró en su interior,
    y por fin,
    entró
    en él.



    Ernesto Palner
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    Enero 2014

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